Cuaderno de Viaje: Dublín, Galway y los Acantilados de Moher (Irlanda)


foto by Nelly

No va a ser fácil hablar de una tierra tan hermosa en un formato que se queda tan corto para describirla.. pero lo intentaré

Aunque el plan inicial era viajar a Brujas, finalmente decidimos visitar Irlanda. Esta república que forma parte del Reino Unido se compone de cuatro provincias, de las cuales recorrimos tres, gracias a una excursión a los Acantilados de Moher, que se pueden ver arriba. El paraje es espectacular, y es probable que suene a los nostálgicos del cine de aventuras de los ochenta porque por allí subía el gigante Fezzik con Buttercup a cuestas, en La princesa prometida
Sí, amigos, Los Acantilados de la Locura existen. No podía creerlo. Y no lo sabía, así que el viaje ha sido toda una sorpresa para mí. 

Pero no adelantemos acontecimientos. Lo primero que hicimos al aterrizar en Irlanda fue comprobar nuestros teléfonos móviles dado que allí es una hora menos que en España. Y queríamos saber si el dispositivo se había actualizado solo a la hora local, o no. Lo segundo fue buscar el autobús que lleva al centro de la ciudad de Dublín, y que cuesta 6 € (7 con descuento que se queda en 6). Este autobús es una alternativa al taxi, que te puede rondar los 30 €.

Tengo una foto preciosa nada más bajar a la calle de Dublín pero no la voy a colgar por aquello de la privacidad. Básicamente, refleja mi cara de felicidad al comprobar el concepto de ciudad que se abría ante mis ojos. Una ciudad diáfana. Una ciudad ordenada. Asequible. En el sentido que le doy yo, que significa que "es amistosa". Que se puede recorrer... que no te abruma como París. Es una ciudad anglosajona, de casas de tres alturas. Espacios amplios. Y las calles brillan por su limpieza (ya quisiera yo ver Madrid así). No digo que toda la ciudad esté impecable, por supuesto que no, pero puedes recorrer calles y calles sin ver un papel en el suelo. 

Y llegamos al hotel:


No me andaré con rodeos: reservamos en Butlers Townhouse.
Es un hostal. Pero cuenta con wifi gratis, agua mineral en las habitaciones, servicio de limpieza diario, biblioteca, desayuno (opcional, por 15 €), productos de baño, secador en los cuartos y recepción 24 horas. Además de juegos como el dominó o el Monopoly, y té y café gratis en las cantidades que te apetezcan. 
Las habitaciones son pequeñas y tiene muchas escaleras, pero son cómodas y el baño es privado. Con la ventaja adicional de que está a 2 kilómetros del centro de Dublín y del río Liffey, que atraviesa la ciudad.

He cruzado los puentes de Praga y tienen mucha fama pero del que no me voy a olvidar es del Puente del Medio Penique (half penny brigde). Y no me preguntéis el porqué. Ya que no tengo la menor idea del motivo de la simpatía y comodidad que me despiertan esas calles. He cruzado el Rialto de Venecia, he cruzado el Sena de París... Y sí, muy bonitos (Venecia de hecho me encantó), pero os digo que ...la dichosa Dublín tiene algo. Es igual que Roma. A mí Roma me fascina, y el puente de Saint Angelo al atardecer es... mi foto favorita (de todas las que he hecho y con la salvedad de un delfín asomando la cabeza del agua en Tenerife, que por algún motivo incomprensible también es...bueno, esa foto es especial para mí).

No empecé a entender lo de Irlanda hasta el segundo día de viaje. El primero lo empleamos en darnos una paliza monumental andando, del Trinity College al Saint Sthepen Green (un parque, uno de los dos que recomendamos mucho, junto con Merrion Square). De allí a Saint Patrick y la Crhist Church... viendo monumentos, visitando la Casa de Oscar Wilde, posando junto a su escultura donde todo el mundo se hace una foto, subiendo O´Connell Street, buscando el puente del medio penique, intentando localizar Temple Bar y visitando a Molly Mallone.

Por cierto, a la estatua de Molly dicen que hay que tocarle un pecho para volver a Irlanda. Así que se pasa todo el día con turistas alrededor, posando junto a sus encantos (que son, por cierto, bastante generosos).

esta es Saint Patrick. De las iglesias hablaré luego...

El porqué Irlanda tiene algo especial yo creo que lo vimos el segundo día. O al menos, eso me pareció. Contratamos una excursión a Galway, que está justamente en la otra orilla de la isla. Lo primero que le llamó la atención a uno de los guías (que era español) fue que normalmente con un autobús iban muy holgados a dicha excursión... y esta vez le hicieron falta dos. Nos preguntó qué había pasado en España para que todos decidiéramos visitar Dublín en estas fechas. Y fue gracioso porque, realmente, paseando por la calle oías más español que otra cosa. En muchos puntos. El guía nos dijo que éramos más de cien personas apuntadas. La excursión parte de un hotel en O´Connell Street a las 7,30 a. m.  y te deja una hora libre en Galway en torno a las 10:00. 


Llegas al parque natural de Burren, que es una zona pedregosa de piedra caliza con 21 especies de orquídeas y otras tantas de mariposas. El guía dijo: "a la misma latitud que Moscú, tenemos orquídeas...) por eso es parque natural. Debido a la piedra caliza, hay animales y flores que viene entre las rocas que normalmente no se encontrarían en un clima tan frío.

A medio camino pasamos por Kinvana y vimos un castillo anglo normando que a mí personalmente me impactó bastante. 

Y entre medias, durante las 9 horas restantes de autobús, ¿qué se podía ver? Esto: 





Campos verdes. Toda la isla es verde. Verde oscuro, verde claro, verde esmeralda, verde hoja, verde amarillo. ¿Cómo puede ser un lugar tan verde? ¡Preguntádselo a Irlanda!. Y ahí fue donde empecé a notar algo muy raro. Cierta familiaridad. Como si Irlanda se te metiera dentro del corazón y no se fuera a marchar nunca con tanto y tanto y tanto verde.

Intrigada, me puse a pensar a qué podía deberse aquello y llegué a una conclusión: se parece (o debe de parcerse) mucho a Galicia. Al norte de España. De hecho, me empezaba a sentir igual. Y también pensé que si los irlandeses eran como yo pensaba que eran... al marcharse fuera debían añorar mucho su casa.

Y podéis creerme, que no conozco a ningún irlandés. Así que todo esto es un suponer. Pero con una tierra así, lo más normal es echarla de menos. 

El guía nos dijo que habían sido muy pobres. Que ahora destacaban en tecnología por las grandes empresas que se habían instalado allí, pero que no tenían una gran cultura gastronómica. Y que en la isla lo que había era ricas y sabrosas patatas. Y poco más.

Nos habló de sus historias. La cantidad de leyendas que tienen. Y muchas de ellas no son ciertas. Es como si en toda gran hazaña hubiera por medio un irlandés. Y realmente no es así. Pero les gustan. Eso nos dijo el guía. 


Al volver aprovechamos para hacer compras. No os lo he dicho, pero el primer día visitamos también The Old Librery. Junto con los acantilados fue uno de mis momentos favoritos del viaje. Nunca he visto nada así: miles y miles de libros en un edificio de bóveda de madera... descomunal. Se encuentra en el Trinity College. Vale 11 € entrar y sí, es caro,... es caro pero tenéis que entrar. Es impresionante. 

El último día probamos el estofado irlandés (yo realmente pedí otra cosa) y visitamos iglesias. Antes os he dicho que dejaría las iglesias para el final. ¿Por qué? Bueno, hay dos muy conocidas: San Patricio y la Iglesia de la Trinidad. Ya las he nombrado antes. Veréis, la Iglesia de la Trinidad tiene unos suelos preciosos, no os voy a engañar, pero la cripta a mí no me gustó. Si vais, acordaros de mí. A mi compañero de viaje le encantó lo que exponen ahí abajo (que apareció dentro de un tubo del órgano), pero a mí no me hace ni pizca de gracia. Es más... si me descuido tengo que salir fuera a tomar el aire porque me parece... bueno, absurdo. Y me dieron nauseas. 
Pero sí, el edificio es precioso y ese puente que enlaza con "Dublínia" es sensacional.
(*dublinia es una atracción interactiva, un museo que está -dicen- muy bien. Nosotros no lo vimos).

La segunda gran iglesia, o casi más bien la primera, es San Patricio. Es catedral y por dentro asombra bastante. Me encantan las banderas, las vidrieras... el corte medieval. Todo es como muy caballeresco. Precioso.

Pero, para mí, la más especial fue San Auden. 
A la que inexplicablemente no he sacado fotos por dentro.

Veréis, es pequeña, es gratuita y es medieval. Tanto, tan antigua... que tiene la primera calle de Dublín con adoquines, expuesta al público. Tiene un camino más viejo que todo lo que hay alrededor. Y está medio derruida. De hecho, es la iglesia más antigua de Dublín.
Dentro tiene una roca. "La Roca Afortunada... la Roca del Irlandés..." algo así nos dijo el que nos recibió en la entrada. Por algún motivo me dio por buscar la roca. Me dio por sacar la mano izquierda del bolsillo y ponerla sobre la roca. Y me dio por pensar: "cuéntame".

"Cuéntame qué has visto", le dije aquella roca mugrienta de aspecto celta. Y sí, los primeros treinta segundos no pasó nada. Pero os prometo que luego la roca me habló de noches frías. De noches heladas. De hace muchos, muchos, muchos años. Y de todo lo que había visto. 

Así que separé la mano de la roca y leí el cartel que había al lado con la leyenda aquella que dice que la han robado varias veces pero la dichosa roca se apaña siempre para volver a su lugar en el Templo. Una de las veces comenzó a pesar tanto que el caballo de los ladrones no pudo más y se "colapsó" mientras tiraba de ella. Y la roca volvió al templo. En serio, es una vida muy divertida para ser una roca de mil y pico años. 

Encantada con aquella tontería y al abrigo de ojos de otros turistas pues estaba sola, entré en el templo. Mi compañero de viaje estaba sentado justo detrás de un señor de pelo blanco que cabeceaba un poco. 

Me senté detrás de mi amigo. Al lado no, detrás. No sin antes escribir en el libro de visitas: "The stone is magic!!". Una margarita, mi nombre y mi país. Nos quedamos un rato en silencio y mi amigo salió del templo poco después. A saber porqué no nos habíamos sentado juntos. Fue raro porque le vi tan en silencio que pensé en quedarme yo también callada detrás. Pasados unos segundos me levanté, absolutamente encantada con ese lugar, y antes de irme di un par de pasos hacia lo que podría haber sido el altar. Me llamó la atención una escultura blanca con dos escenas y un par de calaveras debajo. Calaveras en una iglesia, pensé... "¿de qué avisaban?". Di dos pasos hacia allí pero, por alguna razón, antes de sobrepasar al hombre de pelo cano que estaba callado y sentando sin hacer nada, me detuve. Me dio algo así como respeto. Así que avancé pero... despacio, y como si pidiera permiso para pasar. Finalmente, me atreví a llegar hasta las placas conmemorativas colgadas al fondo y al darme la vuelta...me encontré de frente con sus ojos. Nos miramos a posta. Nos miramos un rato. Lo que yo pude aguantar porque bajé al cabo de unos segundos los ojos. Y observando el suelo, me deslicé hacia el fondo del templo (donde estaba la roca). He aquí lo que pasó después y que me intriga. Antes de salir miré de nuevo al hombre de pelo cano, en silencio. No me fui.
No sé porqué no quería irme de allí. 
El hombre seguía sentado en el mismo banco, dos filas por delante de la que ocupara mi amigo. ¿Quién era ese hombre? ¿Sería un turista? ¿Qué hacía allí?

Y entonces ocurrió. El señor meneó la cabeza como si dijera: "no, no puede ser..." y siguió allí parado. Dicho de otro modo, miró al cielo con la cabeza ladeada y luego la bajó y negó en silencio. Como diciendo "es imposible".

Y yo parada de pie le observaba desde el final del pasillo, absolutamente quieta y sin nadie más alrededor.

Todavía esperé unos instantes a ver si salía, si se daba la vuelta, si me decía: "eh! Katy!" o algo así porque de verdad, de verdad, parecía que fuera a decirme algo. Pero ni pío.
Así que me fui, pensando: "piedras mágicas y ancianos misteriosos... anda!! Nelly!!! que se te va la pinza!"

Y salí y vimos la segunda planta y cuando bajábamos me di cuenta de que la iglesia tenía otra puerta (en verdad era la del fondo que había visto antes, con las placas conmemorativas).

- Espera un momento -dije a mi amigo.

Me asomé una vez más y vi que el hombre se levantaba y se ponía una boina de lo más irlandesa. Pero por algún motivo di media vuelta y salí como un rayo del templo.

Es de suponer que viniera detrás pero, ¡sorpresa! No le volví a ver.

Pero esto hace que San Audoen sea mi iglesia favorita de todas las que he visto. Sinceramente, creo que es mágica, jajajaja!!!

Y hasta aquí este cuaderno de viaje!!
Espero que os haya gustado!!!!
Os aseguro que Irlanda hay que verla. Ha sido una sorpresa maravillosa. Este viaje ha sido muy especial para mí, lo voy a recordar siempre. 


3 comentarios:

Philippe Bauloye dijo...

Ya había estado antes en Dublin y coincido contigo en lo bella y mágica que es, aunque de lo que más me entra ganas es de tenerte como compañera de viaje, porque me da la sensación de que le imprimes aún más magia y conviertes cada viaje en único.

P.D: Brillas! :D

Philippe Bauloye dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Nelly dijo...

Espera, Philippe, que te he leìdo y me ha pasado lo mismo que al montar en la montaña rusa...es que me esperaba otro tipo de comentario jajajajaj!!
Posdata: el Muso brilla. Yo quizá soy levemente refulgente bajo cierta luz pero brillar brillar...¿tù has abierto bien esos ojos pardos y verdes de vampiro??

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