El viajero

(Este cuento es continuación del último, para buscarlo mira en "Etiquetas-cuentos del niño mensajero")


Era una mañana de sábado espléndida en la Ciudad de los Cuentos. El frío helaba el agua de los charcos pero la fuerza del sol, que con sus rayos la derretía horas más tarde, anunciaba la llegada de una nueva estación: la primavera
Nelly estaba de pie ante la escalinata de la Plaza Consistorial, mirando al horizonte compuesto por los hogares de sus vecinos, cuando de repente vio pasar al viajero, un nuevo habitante de la urbe. Le seguía una niña dando saltos, brincando alegremente. al parecer entusiasmada con la bola de luz que el viajero portaba en una mano. Era una especie de esfera refulgente azul claro, tan brillante que rivalizaba con la luz matinal que inundaba el cielo. Pero lo más sorprendente es que flotaba en el aire a escasos centímetros de los dedos del nómada, como si fuera un mago que la hubiera invocado con un hechizo.
- ¡¡¡Eeeehh!!! ¡¡Hola!! -saludó Nelly jovialmente.
Se acercó corriendo a ellos, pero la niña debió asustarse y se fue. No era necesario ya que la alcaldesa era siempre muy amable con todos los vecinos, no importaba su edad, trabajo o condición.
 - ¡Buenos días! -comenzó Nelly acercándose al recién llegado-, ¿estás dando un paseo en esta mañana tan esplén...?
De repente se quedó sin voz. Sorprendida, se llevó una mano al pecho como si le doliera aunque lo que sentía no era dolor, sino algo más extraño. Tuvo que apoyar una rodilla en la Plaza porque se quedó sin aliento. Se preguntó, mareada, qué podía ocasionarle semejante reacción. Tuvo la impresión de que iba a desaparecer, allí mismo, sin dejar ni rastro de sí misma, ni en la ciudad, ni en la Historia. Trato de aferrarse a algo real a su alrededor pero era como si no pudiera evitar se arrastrada por aquella emoción tan desconcertante como insoportable. 
En ese momento el niño mensajero apareció en la plaza, acercándose al viajero, de un salto, le arrebató la bola de luz brillante y la escondió en su bolsa bandolera.
- ¿Qué haces? 
El viajero miró al niño, que estaba ceñudo, como molesto.
- Nada, estoy dando un paseo a la luz del alba maravillosa de esta infinita ciudad.
Nelly no pudo ni saludar, ni decirle "buenos días", con esa sonrisa suya tan propia de las primeras horas de la jornada.
Mientras ella se recuperaba, el niño agarró por una esquina la chaqueta del viajero y lo condujo a un lado, para que no pudiera escuchar la conversación:
- No puedes ir por ahí con eso - aseveró sacando el globo de luz de su bolsa bandolera.- y tampoco debes abrir caminos a tu antojo. 
- ¿Por qué? -preguntó con voz serena el viajero.
- No todos los habitantes de la ciudad son amables. Además, esto forma parte de su corazón. Tienes que devolverlo al lugar en el que lo encontraste. 
El cartero estaba muy serio. La advertencia no era para tomársela a la ligera.
- Yo solo veo belleza -respondió su interlocutor mirando alrededor- allá donde miro veo belleza. Una belleza muy poco corriente. Me encantaría establecerme en esta ciudad.
El niño miró de reojo a Nelly antes de volver a hablar:
- ¿Qué es lo que quieres?
Aquella era una pregunta terriblemente curiosa. Pues aunque el extranjero no lo sabía todavía, el niño mensajero era capaz de conseguir cualquier cosa en el mundo. Siempre y cuando se le pidiera desde el corazón. Del mismo modo, también era capaz de saber cuando alguien lo hacía y cuando todo era palabrería carente de verdad.
- Quiero cuidarla -respondió el viajero-, quiero liberarla de todos sus temores.
- Veo que eres listo -contestó el niño sin perder su aire grave.
En ese momento Nelly se acercó a ambos, recuperada ya de su inexplicable malestar pasajero, caminó hasta el lugar de la plaza donde conversaban y los saludó con energía.
- ¿Hacia dónde te dirigías? -preguntó al viajero.
- A ningún sitio, sólo paseaba...
- Tengo entendido que hace unos días te acercaste demasiado al "barranco de las lamentaciones", ten cuidado, dicen que muchos se han resbalado y han terminado en el fondo sin poder salir. Aunque según me contó el panadero... no sé cómo, fuiste capaz de construir un puente. ¡Me dijo que ahora se puede ir de un lugar a otro de la ciudad! ¡Es sorprendente! ¿Cómo lo haces? ¿Es con ese globo de luz que tienes?
La alcaldesa se estaba entusiasmando. El niño vio asomar la siguiente pregunta en sus ojos antes de que la pronunciara:
- ¿Me puedes enseñar?
- Claro -contestó tranquilamente el viajero.
Sin darle tiempo a responder, el niño tiró de ella hacia el ayuntamiento.
- Te explicaré cómo lo hace si nos vamos ya... 
Sorprendida por la reacción del niño, Nelly se dejó conducir de regreso hacia la casa consistorial. Cuando estaban a medio camino de pronto el viajero gritó:
- ¡Eh!
Ambos se volvieron.
- ¿Quién eres tú? -preguntó-, ¿cuál es tu verdadera forma? y ¿quién te envía?
Ante semejantes cuestiones, tan de mañana, Nelly rompió a reír. El viajero siempre hablaba de forma extraña y, especialmente con Memphis, las conversaciones terminaban en que esta última sufría ataques de risa. La científica más famosa de la ciudad imaginada y el extraño nómada acabaron discutiendo en una ocasión sobre la teoría de la relatividad y las conspiraciones. Y era tal el volumen de tonterías que el viajero podía llegar a decir que Memphis, en vez de enfadarse, terminaba por el suelo riéndose a mandíbula batiente. Luego acudía al ayuntamiento a contarle a la Alcaldesa que el viajero estaba loco. Nelly lo creía también. De hecho, le gustaba pensar que el único que estaba un poco cuerdo en aquella urbe, era el Muso
- ¡A una dama no se le preguntan esas cosas! -contestó.
Al darse la vuelta, sin embargo, se llevó una sorpresa. Iba a decirle al niño mensajero: "¡menudas estupideces pregunta este hombre!" pero lo que vio la dejó sin habla, por segunda vez en aquella mañana. Y es que el cartero de la ciudad de los cuentos estaba pálido. Jamás lo había visto así. Diría incluso que una especie de miedo mezclado con estupor ensombrecía sus ojos francos. Se había quedado paralizado ante aquellas tres preguntas tan absurdas.
- ¿Qué pasa?... ¿es que te lo ha preguntado a ti? -inquirió confusa la alcaldesa-, pensé ... que hablaba conmigo.
Al cabo de unos instantes, el cartero contestó:
- No me lo ha preguntado a mí.
Y siguió andando. 
- ¿Estás seguro? ¡oye, ¿qué te pasa?! ¡No me entero de nada!
El niño mensajero no se detuvo. Nelly tuvo que correr para ponerse a su altura.
- ¿Quieres hacer el favor de explicarme lo que ocurre? 
Entonces, al pie de la escalera, se volvió:
- ¿Cuál es la pregunta? Formula sólo una, y concreta.
Nelly se tomó unos instantes para pensar. Apoyó el peso de su cuerpo en una pierna, luego en la otra. Se rascó la barbilla y por fin, desechando el montón de cuestiones que se agolpaban en su mente, habló:
- ¿Cómo puede abrir caminos distintos en la ciudad, este viajero?
El niño mensajero sonrió. Buscó con la mirada hasta encontrar un trozo de rama de árbol que había caído al suelo. La usó como si fuera un lápiz para dibujar un círculo alrededor de Nelly.
- ¿Qué haces?
- ¿Dónde crees que terminas, Nell?
Aquel era, ciertamente, un día de preguntas extrañas.
- ¿¿¿Que dónde qué???? ¡¿Te volviste loco tú también?!
El niño suspiró.
- Termino aquí -señaló Nelly tocándose el brazo-, ¿lo ves? Aquí, ¡donde acaba mi cuerpo! ¡Qué pregunta tan absurda! Esto soy yo, aquello es el mundo... 
- Todos los seres vivos tienen a su alrededor un lugar de influencia. Si quieres verlo de este modo: un círculo, un campo... Ese viajero puede verlo. Tú, no. Al menos, de momento, no eres consciente.
- ¿Qué tiene que ver eso con abrir caminos nuevos?
- Si tú quieres abrir una puerta, te diriges hacia el pomo porque piensas que la puerta está ahí, y solo ahí. Cuando el viajero quiere abrir algo que está bloqueado... ve más cosas que tú. O mejor dicho, las siente. 
Nelly frunció el entrecejo. Se preguntó qué diría Memphis de aquella teoría absurda sin base científica. Pero todo se le olvidó de pronto cuando una nueva pregunta iluminó su intelecto, como si fuera una bombilla incandescente:
- ¿¿Es muy grande mi círculo??
El niño mensajero se echó a reír. 
- El quid de la cuestión no es el tamaño, Nelly, ni hasta dónde llega, sino que tú no lo ves. Sin embargo, dado que la pregunta me parece divertida te contestaré: es casi tan grande que lo llamarías infinito.
- ¡Vaaayaaa....! -se admiró la alcaldesa.
El niño miró a su alrededor y decidió que la casa que había frente al ayuntamiento, y que daba a la plaza consistorial, sería un buen lugar para que el nómada pudiera alojarse. Estaba vacía desde hacía años y no distaba del hogar de la alcaldesa. Recordemos que esta plaza era octogonal, con una hermosa fuente en el medio. El cartero decidió que podía quedarse allí. Luego, mirando a Nelly, cuyas mejillas volvían a lucir sonrosadas, con un tono de voz más distendido, preguntó:
- ¡Muy bien, ¿qué es lo que deseas para hoy?!

FIN... (o, continuará... ) 

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