El cuenco tibetano



Las Navidades pasadas una amiga y yo paseábamos por un centro comercial cuando descubrimos una tienda de duendes, hadas, incienso, artículos de decoración, piedras, cristales, buditas y adornos. Entramos con aire curioso para mirar todos los artículos cuando, de repente, uno que estaba sobre una mesa me llamó poderosamente la atención.

- ¡¡Mira!! ¡Un cuenco tibetano!

Lo levanté y era como el que había levantado en el Templo uno de los días de concierto y pasé el instrumento con el que se la arranca el sonido alrededor del borde. No sonó nada.  Miré a mi amiga y le conté cómo lo tocaba el músico y que hacía un sonido vibrante que era genial porque se quedaba "como flotando en el aire". Sin embargo aquel, no sonaba, al menos en mis manos. Mi amiga me dijo:

- ¡Cómpralo! Date un capricho, por una vez al año...

Miré el precio. Casi 100 €. ¡Una barbaridad!

Los budistas dicen que es más importante la intención con la que hacemos algo, que el algo en sí. Mi amiga me decía que me comprara el cuenco ya que me gustaba mucho, y ella lo sabía. Por otro lado, pensé, "si cada vez que veo el cuenco me voy a sentir culpable...." 

Lo dejé en la mesa de nuevo. No, definitivamente, no podía comprar un instrumento tan especial para verlo y arrepentirme de ello cada vez. En lugar de armonía, me iba a traer agobio. 

Nos fuimos y me olvidé del asunto.

La siguiente vez que acudí a un concierto de Cuencos Tibetanos en el Templo pasó otra cosa: éramos tantos, que no se cabía en la sala. Se notaba que los siete, diez primeros asistentes a lo más, habían traído a sus amigos. De hecho, muchos venían por vez primera. Pero si tienes una sala habilitada para quince personas y de pronto metes treinta y cinco,... el resultado es más agobio. No disfruté del concierto. Y pensé dos cosas: una, de tanto repetir lo que nos gusta se puede volver aburrido (por eso solo voy a los conciertos una vez al mes) y dos, si acudir a ese Templo me agobiaba, tendría que buscar otro. 

Regresé a casa y el siguiente concierto me lo salté. En su lugar, medité en casa. Había tanto silencio y tanta calma que pensé, ¿para qué voy a ir a un sitio donde a lo mejor me agobio por la muchedumbre? 

"Pero no tienes cuencos", me dije también. Bueno, ¿qué más da? Siempre me quedará Youtube que tiene vídeos para todo, ja ja ja...

Y me olvidé del asunto.

Hace unas semanas, un amigo mío me dijo: "¡Eva*, tengo una cosa para ti, que te compré por Navidad!"

*(a cambiar por "Nelly", pues estamos en el blog)

- ¡Oh, vaya, no hacía falta! -le contesté. 

También me olvidé de esto. Pensé que debería corresponder con algún regalo pero como mi mente se comporta de un modo tan despistado en algunos contextos y tan increíblemente fiel a lo ocurrido en otros, me olvidé. Con esto quiero decir que me cuesta "horrores" recordar cosas que deberían ser sencillas, y sin embargo, a veces vamos hablando y digo frases que dejan a mis amigos sorprendidos de la capacidad memorística que tengo. No digo nada para diálogos de películas, frases de libros, o pequeños detalles. ¿¿¿Cómo es posible recordar pequeños detalles y olvidarte del nombre y la cara de las personas?? Es para hacérselo mirar...

jajajaj! En fin. 

Volviendo al tema. Ayer cuando vi a mi amigo me entregó un paquete. ¡Oh, ¿qué será?! Y cuando lo abrí... 

- ¡¡¡No puedo creerlo!!! ¡¡¡Te habrá costado una barbaridad!!!

Era justo del tamaño que quería, como el que estuve viendo en la tienda.







- No te creas -me contestó- tú habrás mirado en una tienda de decoración donde el cuenco era bonito pero estaba hecho para adornar. Este procede de una tienda de instrumentos musicales tibetanos. Está hecho para usarse. Y por eso no es tan caro...

¡Un cuento tibetano! Nada más sostenerlo en la mano lo intenté hacer sonar y vibró de una manera que se escuchó por debajo del barullo del metro. Y digo por debajo porque esa es la maravilla de las frecuencias del cuenco. Es un sonido cristalino y relajante, y es agudo realmente, pero no molesta. ¡¡Es genial!! Llegó a todos lados de vagón y algunos viajeros me miraron curiosos. 

Ahora lo tengo en casa, ¡y me alegra cada vez que lo veo!
La verdad es que mi amigo me hizo un regalo maravilloso

Saludos!!
Nelly. 

2 comentarios:

David Hernando Arriscado dijo...

Que guay!!
Yo solo lo he escuchado una vez y me quede muy impresionado. Acabaré comprandome uno jeje. Así que meditareeeemmmmmm Jaja
Saludos Nelly!!

Nelly dijo...

Es muy práctico!! Suena doooognnnnnnnnnnnnnnnnnn jajajajajaj

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