Un cuento para el martes y más...


He encontrado, ¡por fin! esta canción... me gusta mucho, me anima, aunque no tenía ni idea de lo que dice. Salvo, quizá, lo de "¿a qué estoy esperando?". Bueno, pues aquí está:



Y mientras yo investigo de temas de budismo....
Os dejo con un cuento maravilloso de otra participante del Certamen.
(¡¡Recordad que tenemos uno de fotos "primaverales" en marcha!!)


FANTASMAS DEL PASADO - ROSA ALZAMORA


Los fantasmas no existen. La mujer repitió aquellas palabras mentalmente mientras caminaba a través de la absoluta e infinita oscuridad, acompañada por la soledad. Era la primera vez que entraba en esa casa en mucho tiempo. Allí había muerto él, el amor de su vida, el pilar que la sostuvo durante muchos años. Por eso había regresado allí, con la esperanza de volver a verlo, visualizarlo en su mente en los lugares que solía frecuentar.

Los fantasmas no existen. Jamás lo han hecho. Y, sin embargo, allí estaba ella. En aquella casa había vivido los mejores años de su vida. Allí había hecho por primera vez el amor con ese hombre de piel rasposa y barba de tres días. Allí, con manos inexpertas, se había dejado acariciar por vez primera durante su luna de miel. Los recuerdos de la boda seguían recientes. Había sido preciosa. Todo había estado decorado con un blanco pulcro como la nieve. A pesar de la pobreza habían logrado tener un digno banquete. Padres, hermanos, amigos, gente del pueblo... Todos habían estado presentes en el “si quiero”. Había sido afortunada. Se había casado por amor, no como muchas en esa época de represión y angustia. Se había casado con ese hombre rudo y, en ocasiones, mal educado. Sólo ella sabía cuan tierno podía llegar a ser. Poco después dio a luz a una pequeña niña dulce de rasgos inocentes y suaves. Había peinado cada mañana su cabello castaño y había realizado con sus dedos trenzas y coletas rosas en su cabello. Era hermosa. Había traído luz en aquella casa devastada por la falta de alimentos y la tristeza constante. En ocasiones la escuchaba llorar de hambre. Mamá, tengo hambre. Por favor mamá. Y ella la consolaba y lloraba con ella. La apretaba contra su pecho y le cantaba nanas que había aprendido de su madre y sus abuelas. No
llores, mi niña. Pronto llegará papá y comerás algo. Shh, no llores cariño. Su marido se vio obligado a robar en muchas ocasiones. Algunas manzanas, un poco de pan... Aquello era lo único que lograba llevarles a casa. Y así iban pasando las semanas y los meses.

La dulce niña acababa de cumplir año y medio cuando llegó el segundo. Era pequeño, muy pequeño. Nació prematuro y apenas sobrevivió unos días. Aquello destruyó a la familia. Ni siquiera la dulce y pequeña niña logró regresar la luz a la casa. No por mucho tiempo. Los robos para llevar comida a casa siguieron. Una mañana su marido fue arrestado y no lo volvió a ver durante seis largos días. Regresó como una sombra, arrastrándose por los rincones oscuros de la vivienda, con los ojos apagados y las manos temblorosas. Ya no volvió a ser el mismo. Le preguntó mil veces qué había pasado, pero la única respuesta fue el silencio.

Los años pasaron y la mujer vio cómo la posguerra se lo llevaba todo con ella. Felicidad, familiares y amigos. Por suerte su hija creció hasta convertirse en una hermosa mujer joven y fuerte. Era rebelde, y esa fue su perdición. Se rebeló contra el caudillo junto a unos compañeros de la universidad. Tenía veinte-y-dos años cuando la arrestaron por primera vez . Al salir la mujer le hizo prometer que no se metería en problemas de nuevo. Ella tuvo que resignarse a llevar la vida que todos llevaban: de represión, angustia y miedo.

Su marido la dejó a la corta edad de cuarenta-y-cinco años. Tan sólo llevaban veinte-y-siete años de matrimonio. El cáncer de pulmón se lo había llevado con él. No fumes tanto, no es bueno. No la escuchó. Él era así. Libre, tozudo, hecho de sus propias ideas y principios. Tras su muerte se mudó a vivir con su hija. Se había casado con un famoso abogado que por las noches se reunía con un grupo de amigos para planear estrategias de ataque contra los franquistas. El caudillo era ya un hombre viejo y había sufrido un infarto hacia poco. Intentaron encubrir ese echo, pero tras sufrir un segundo infarto la gente comenzó a hablar de una posible muerte y las calles se iluminaron de esperanza.

El mes de Septiembre de ese mismo año la mujer recibió la noticia de que sería abuela. Su pequeña niña dulce e inocente estaba embarazada. Des de tiempos inmemorables se sabía el sexo de la criatura por la forma de la barriga. Pero ella no pudo descubrirlo, pues este aún no había adoptado forma alguna. Pasaron los meses y el día llegó: 20 de Noviembre. “Franco ha muerto”. Las especulaciones sobre si su muerte era real o no pasaron de boca en boca. La gente seguía teniendo miedo y sólo unos pocos se atrevieron a celebrar la noticia. Al cabo de unos meses, se celebraron las primeras elecciones populares. La gente fue a votar aún con miedo en el cuerpo.

Un día cualquiera la mujer se levantó de su lugar y observó con atención como su hija se paseaba por la casa. Ya estaba de cuatro meses. Su estomago había adoptado una forma redondeada. Sería una niña de expresiones suaves e inocentes, como su madre.

Salió de la casa y caminó inconscientemente hacia su antiguo hogar. Las cosas cambiaban. Todo, con el tiempo. Y aquella casa también había cambiado. Caminó hacia su dormitorio y se encontró con la imagen de su marido. Estaba estirado en la cama. Sabía que la imagen de su difunto marido era un
espejismo, pero no pudo evitar gemir por la sorpresa al verlo. Los fantasmas no existen, ¿verdad? Sólo los recuerdos.

Ella iba vestida de negro de nuevo, igual que el día de su funeral. Y él llevaba el mismo traje con el que había sido enterrado. Estaba hermoso, y sonreía. Dios, como lo extrañaba. Aquellos risueños ojos marrones, su rostro alargado y su sonrisa tierna. Aquella sonrisa había seguido con ella durante todos aquellos años, aún después de su muerte, tanto en los momentos tristes como en los felices.

Él se levantó de la cama y acarició su mejilla arrugada por la edad. Ella se avergonzó y bajó la mirada. Se vio a sí misma, vieja y desgastada por el tiempo. Seguía siendo joven, congelado en el momento de su muerte. El hombre impidió que apartara sus ojos de los de él. Se inclinó levemente y la besó, y ella se sintió deshacer entre aquellos brazos que tantas veces la había tocado. ¿Acaso había perdido la cordura? Me estoy volviendo loca.


Se tumbaron en la cama y ella se durmió entre los brazos de ese recuerdo, de esa imagen fantasmal que le había acogido entre sus brazos, como él solía hacerlo. Antes de dormirse escuchó un “te quiero” al oído.

Su hija la encontró en la cama horas después. No entendió el comportamiento de su madre, ni los murmullos desconcertantes durante la cena. Pero la mujer no la culpó por eso. Al fin y al cabo su hija no era la que había sido testigo de ese pequeño milagro. ¿A caso los fantasmas existen?, se preguntó.

FIN

¡Gracias, Rosa, por participar! (tengo una amiga que se llama igual que tú y además es el nombre que he elegido para un personaje de mi próximo libro ^_^ ... que coincidencias...)





2 comentarios:

Rosa Alzamora Llaneras dijo...

¡Gràcias a ti por organizar el concurso y subir el relato a tu blog! Por cierto, la canción me ha encantado. :) ¡Un beso!

Nelly dijo...

¡Le pega mucho a tu historia! No dejes de escribir, Rosa y muchísimas felicidades por este relato.
Besos,
Nelly.

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