El Estatuto del Muso y la Alcaldesa (Cuento fantasía)

Erase una vez una ciudad de los cuentos. Formada por lectores de aquí y de allá, personajes virtuales y casi ocho mil visitantes de todas partes del planeta. Había funcionarios, artesanos, profesores, veterinarios, jardineros... gente de toda clase, gustos y muchos, muchos personajes de cuento.
Entre todos ellos, para la alcaldesa destacaba especialmente, entre los pertenecientes al "imaginario", el muso. El muso vivía fuera y dentro de la ciudad de los cuentos. Era una criatura sorprendente, traída por el azar, dotada de talento, visión y a la que la alcaldesa invitó, sin darse cuenta de ello, a la ciudad hacía unos años. 
Pero he aquí que una noche Nelly, la alcaldesa, hizo llamar a todos los habitantes de la ciudad para convocarlos a una reunión urgente a deshoras, cuando la Luna brillaba en el cielo (en la ciudad de los cuentos el color de la Luna cambia cada mes así que éste le tocaba ser de color violeta). Nelly estaba terriblemente enfadada, mucho, muchísimo. Tanto que temblaban hasta las estrellas en el firmamento y se estremecían las montañas que había tras la torre de Aelo, la arpía, una de las primeras habitantes de la Ciudad.

- ¡Quiero saber! -gritó desde la entrada de la casa consistorial, en lo alto de las escaleras-, ¡quién ha estado hablando con el muso!

Era inusual ver a Nelly cabreada (aunque genio tenía), motivo por el cual los habitantes, imaginarios o no, se miraron unos a otros, compungidos, alarmados, sorprendidos de sus palabras y su tono vehemente. No entendían de qué estaba hablando.

- ¡Tengo una lista -siguió la alcaldesa con una mirada chispeante alzando un pergamino-, y espero respuestas esta noche!

Uno por uno, paseó sus ojos azules por las caras de los reunidos que aguardaban expectantes, intrigados y alarmados por igual. Lo señaló acusadoramente antes de proseguir:

- En primer lugar, ¡¿quién le ha contado lo de la biblioteca?!

Todas las miradas convergieron en la figura de la bibliotecaria (la nueva, pues había llegado hace poco) que palideció hasta tener las mejillas del color de la panza de una rana. La acusada carraspeó incómoda, se rascó un brazo, movió una pierna mientras estiraba sus medias a rayas de color blanco y negro, tosió un par de veces ante la presión de sus vecinos y tragó saliva con esfuerzo.

- ¿Y bien?

- Fu-fuiste tú -tartamudeó como respuesta-, alcaldesa, tú le contaste lo de la biblioteca.

- ¿Seguro?

Ella asintió.

- Entonces, ¿no existe la magia?

¿Magia? los vecinos se echaron a reír. ¡Magia, nada menos!

- Bien -la alcaldesa tachó del pergamino que llevaba entre las manos la palabra biblioteca-. Ahora quiero saber quién le ha contado lo de la "pelí" de vampiros.

Todos los ojos convergieron en el cineasta, un director retirado que paseaba por la ciudad con las manos puestas en forma de rectángulo exclamando: "¡qué buena escena!" cada pocos metros, mientras  pensaba argumentos de películas. Era un vecino querido por todos aunque se mostraba siempre ausente, sumido en sus pensamientos...

- Fue su... su majestad -añadió el aludido, inclinándose hasta hincar la rodilla en la acera-, se lo contaste hace dos días.

- De acuerdo -Nelly tachó la palabra "vampiro" de su lista y continuó-, ¿quién le dijo lo de la frase que luego añadió el muso en la conversación de esta tarde?

Todos los murmullos enmudecieron de golpe. Los ojos se desviaron hacia otro lugar: árboles, papeleras... nadie miraba al frente. La frase llevaba la palabra "   (incógnita)  " y la palabra "   (secreta)  ". Extrañas de usar en aquel particular sentido, del que por cierto, la Alcaldesa no había dicho jamás nada.

- ¡Estoy esperando! -rugió enfadada.

- Puede que fuera casualidad -dijo un niño al fondo.

Los habitantes de cuentos de Nelly se apartaron hasta descubrir la figura del joven. Contaría ocho, nueve años a lo más -o quizá menos-, era delgado, moreno, de ojos grandes, mirada despierta. Expresión franca de quien no miente pero sabe más de lo que cuenta.

- ¿Quién eres tú? -preguntó Nelly.

- El mensajero -contestó el niño-, llevo cartas de un lado a otro. Ya sabes, por el pueblo. Según me mandan...

- ¿Dices que es casualidad?

Se encogió de hombros.

- Azar... devenir... misterio, posibilidad -añadió el niño-, quién sabe... pero me inclino por lo casual.

- ¿Coincidencia entonces?

El niño asintió.

- Nada de magia -repitió la Alcaldesa, para estar segura.

El niño no contestó.

- Bien -la alcaldesa tachó la frase de la gran incógnita, mirando suspicaz a sus vecinos.

Todavía quedaba por resolver una última pregunta, y podría irse a descansar.

- ¿Quién ha tirado el cuadro de girasoles de mi despacho?

De nuevo, el silencio acogió el interrogante. Hasta que una voz al fondo de la concurrencia se oyó con la claridad de una campanilla.

- ¡El muso!

- ¡¿Cómo?! -preguntó la alcaldesa malhumorada-, ¡la puerta estaba cerrada con llave!

- Quizá flota -añadió el niño-mensajero, pues era él quien había hablado -, a lo mejor se coló en forma de espíritu...

Aquello era ya el colmo de la irreverencia. Indignada, la alcaldesa propuso lo siguiente: dictaminó un bando con "cosas prohibidas". Prohibida la entrada al muso en los bancos, cajas fuertes de alta seguridad, despachos municipales en horario de fuera de oficina (y sin supervisión), en todas aquellas cajas que fueran de color dorado (las que guardan cosas valiosas en el mundo imaginario), en comercios que vendan objetos mágicos y en determinadas secciones de la biblioteca. Así mismo organizó un comité de censura para poder controlar mejor lo que pasaba en su municipio. 

Luego disolvió a la multitud y regresó a sus quehaceres solo para cerrar a cal y canto el ayuntamiento de los cuentos y asegurarse de que nadie flotaba por allí. Pero a pesar de todas las medidas, su estrés no se disipaba. Tampoco sabía el motivo. Puede que fueran muchos, puede que hubiera metido la pata...quizá, o que estuviera enfadada por... la misteriosa fuga de información y los acontecimientos extraños del día. A nadie le gusta que en su despacho vuelen los cuadros. Si Van Gogh se enterara... además, había dos, por qué tirar precisamente el de los girasoles... 

Un carraspeó la sacó de sus pensamientos.

- ¿Sí?

Era el niño "cartero". Se había quedado solo, mientras cerraba con llave.

- ¿Qué quieres?

- Verás, alcaldesa -comenzó-, puede que yo me equivoque y todo eso de la censura está muy bien. Es más, lo apruebo dado que me das trabajo al tener que llevar yo el bando de un lado a otro del municipio. Me parece algo estupendo... pero, hay una cosa en la que quizá no has caído todavía.

- ¿De qué se trata?

La Luna violeta se acercaba a la torre de Aelo y los últimos vecinos se habían ido hace un rato de la plaza.

- Quizá yo no estoy en lo cierto pero... si a un muso le quitas lo inesperado, lo mágico y ... el hecho de poder "flotar" a sus anchas... ¿seguirá siendo muso?

Vaya con el niño.

- ¡En eso no había pensado! -admitió Nelly.

Lo cierto era que "muso" (más comúnmente usado en femenino: "la musa" de una historia, de un poeta), solía atribuirse a algo más bien "etereo" (ergo que flota de un lugar a otro) e inspirador.

- ¡Pues solo me inspira cabreos! -señaló Nelly muy enfadada.

- Yo diría que inspira cuentos, ¿no? -replicó el niño-, o no estaríamos en uno. Quiero decir, ahora, en este instante.

La alcaldesa abrió mucho los ojos, sorprendida. Se acordó de las escenas de Tomás, de la brujita Valeria y de Crimen y Castigo. Ciertamente, el muso tenía mucho que ver con eso.

- Tienes razón. ¿Y ahora qué hago? -le preguntó al niño, menos enfadada.

- Puede que tengas que dejarle campar a sus anchas. No te enfades tanto, yo creo que es un buen amigo.

"Podría usar una pluma para que me hiciera caso" pensó la alcaldesa con una sonrisa. A fin de cuentas, ella era la dueña de la ciudad de los cuentos.

- Entonces no sería tu muso, sería tu personaje -le recordó el niño.

- ¡Esta bien! Tienes razón...

Uso la pluma para cambiar el bando. Permitía volar de un lado a otro al muso, pero sin engaños, podía visitar los lugares conocidos del pueblo, siempre y cuando no molestara a sus habitantes ni se adentrara en las zonas oscuras. Las cajas fuertes de los bancos seguían estando vedadas (contienen pensamientos, no hay dinero en Cuentos de Nelly), y... se le exigía un alquiler de una buena idea cada semana, para compensar los eventuales... gastos. 
Se le prohíbe tirar cuadros. 

Y así fue como quedo establecido el Estatuto del Muso en Cuentos de Nelly.

Y esto os lo cuento yo que, como (no) soy Nelly esta noche, supongo que soy:
Eva. (la que suscribe)
FIN



dedicado a todos los musos y musas del mundo. Los que nos hacen avanzar incluso... a pesar de nosotros mismos.
Saludos!!

3 comentarios:

Victoria Tsuchiya dijo...

Me ha encantado! Me pido un muso por Reyes ;)

Karla Ximena dijo...

Vaya con tu muso :D, espero que ya no te de problema. Me gusto mucho el cuento, en especial el mensajero, a pesar de ser un niño es bastante sabio.
Besos.

Nelly dijo...

Me alegro de que os guste el cuento.. :^D

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