Una mañana un poco más libre.

Me acabo de dar cuenta de algo curioso. 

Pero es tan.... íntimo y tan importante (aunque humilde), que no puedo publicar la entrada contándolo sin más. No. Es lo que tiene. Las cosas importantes se escriben. Pero se escriben con historias... Por lo que podríamos titular esta entrada:


Historia de una pregunta - (cuento de fantasía).


Hace mucho tiempo vivía en una aldea una joven lavandera. Se pasaba el día lavando y lavando para que los manteles, las sábanas y todas las telas del hostal en el que trabajaba estuvieran siempre limpias y brillantes.
Un buen día, mientras lavaba en el río, con la frente perlada de sudor y los nudillos rojos de tanto frotar las manchas, vio pasar junto a ella un viajero errante. Era un hombre alto y delgado, de brillantes ojos azules, ataviado con ropas holgadas y que al andar desprendía una extraña energía voluntariosa.
Se percató también de que debía de ser extranjero, por su aspecto, y probablemente no se quedaría en aquella tierra, a pesar de lo cuál se detuvo para dirigirle unas palabras amables:

- ¡Buenos días! -dijo jovialmente-, ¿qué tal estás? Te veo muy ocupada...

- ¡Pues estoy fatal! -respondió la lavandera, a la que nadie le había preguntado jamás cómo estaba mientras trabajaba-, ¡todo es un desastre! Voy falta de tiempo. No puedo terminar estas sábanas y quiero ir a ver a mis amigos actuar en el teatro...

- ¿Y por qué no lo haces?

La lavandera levantó la vista y se limpió el sudor de la frente con la mano. Hubo una pausa en su mundo de deberes y tareas. De agobiantes plazos y normas. De estresantes límites y estrictos estereotipos.

- ¿Por qué no lo hago? ¿No me has escuchado? No puedo. No puedo hacerlo, es imposible -dijo, y siguió frotando al borde del llanto- soy lavandera y tengo mucho trabajo.

El viajero errante continuó su camino. 
A la semana siguiente, la lavandera estaba en el mismo lugar con una pila de manteles sucios, dejándose la piel contra la roca de lavar.

- ¡Buenos días!

Era el mismo viajero. Pero llevaba otra ropa.

- ¡Ah, hola! -saludó la lavandera.

- ¿Qué tal estás?

- Bien, pero tengo mucho trabajo. Debo terminar estos manteles, y plancharlos, también tengo que ir al mercado y debe estar todo listo para antes de las siete, y he de llamar luego a la dueña del hostal para decirle que la encargada de la cocina está enferma, así que tendré que preguntarle si debo ayudar en la cocina también. Y yo no quiero porque hay un circo en el pueblo solo una noche, y me gustaría mucho ir a verlo. Debe de ser hermoso poder ir a ver el circo... me gustaría ir con mis amigos a verlo.

- ¿Y por qué no lo haces?

A la lavandera aquel viajero le descolocaba muchísimo. "¿Por qué no lo haces?" pensaba luego en casa. ¿Qué pregunta era aquella? Igual el viajero estaba loco. Había dado un montón de razones, había explicado minuciosamente -como a nadie-, el exceso de trabajo y estrés que sentía. No podía ir al circo, eso era para personas privilegiadas, ella era una trabajadora con un montón de deberes. Y de quejas. No era libre, como el viajero. Pero aquella pregunta absurda... ¿por qué hacía aquella pregunta?

A la semana siguiente, cuando por tercera vez lo vio, le atacó directamente sin dejarle hablar:

- ¡Puede que tú seas libre y puedas hacer todo lo que quieras, pero yo no lo soy, ¿vale?! -se enfurruñó-, tú no tienes obligaciones y vas como el viento por donde quieres y eres feliz, y hermoso, pero yo no soy feliz. Lo sería si fuera un viajero nómada como tú... y me fuera ahora mismo a recorrer el mundo y vivir aventuras... 

- ¿Y por qué no lo haces? -contestó el viajero.

La lavandera crispó los puños, selló los labios y pensó: "¡con este hombre no se puede!". 
No le dio importancia. 

Había cien posibles respuestas más normales que aquella pregunta. Podría haber dicho: "¡ah, cuánto lo siento! Pobre lavandera", se podría haber sentado junto a ella para acompañarla en lo injusto que era el mundo. Podría haberla ignorado. Podría haberle dicho que le daba igual. Pero... ¿aquella pregunta?

Paso el tiempo (concretamente, casi tres años) y la lavandera seguía errer que erre con sus labores y erre que erre con sus agobios. A veces el viajero volvía. Cada vez con un atuendo diferente. Ella pensaba, ¿dónde habrá estado? Trajes venecianos, sombreros rusos, collares africanos, zapatos de Polonia... siempre llevaba algo nuevo encima. Ella lo espiaba mientras frotaba las telas. En algunas ocasiones, el viajero le contaba cuentos.

Una noche la dueña del hostal le dijo que tenía que quedarse de guardia después de haber pasado el día entero barriendo y fregando. Porque no había nadie más que pudiera hacer ese turno pues ella no se encontraba bien. De pronto, sin esperarlo ni ella misma, la lavandera le contestó:

- No, porque quiero ir a ver el teatro de guiñoles.

Lo dijo tan rápido que su jefa y ella misma se quedaron sorprendidas.

- ¿El teatro de guiñoles?

- Sí, sólo esta una noche, y quiero ir a verlo.

- Esta bien -respondió la jefa de la lavandera-, despertaré a mi hijo para que haga el turno de noche.

En cuanto la lavandera puso un pie fuera del hostal los remordimientos la asaltaron. ¿Había obrado bien? ¿Que diría de ella el hijo de su jefa cuando lo despertaran para trabajar? ¿Se enfadarían al día siguiente? ¿Perdería el empleo? Se detuvo en la acera, imaginándose la escena en la que, a sus espaldas, era criticada por su egoísmo y su falta de sentido de la responsabilidad. 

¡Cielos, era un ataque de pánico!

Pero entonces recordó al viajero, y recordó las historias que a veces le contaba, cuando hablaba con ella. Y se dijo a si misma: "He tomado una decisión. Puedo ser feliz con la decisión que he tomado, puesto que es mi decisión".

Y en ese mismo instante la pregunta se hizo clara en su mente:

"¿Y por qué no lo haces?"

Y entonces entendió. Por primera vez en su vida, con aquella decisión consciente, se dio cuenta de que era libre. Y con una enorme sonrisa, (incluso se le escapó alguna carcajada al comprender lo que tantos años llevaba el viajero diciéndole con la extraña pregunta) se fue a ver el teatro de guiñoles. 

FIN.


Es lo que tiene. Podría contaros los hechos reales de este relato (no van muy alejados) pero cuando iba a publicar la entrada... no me parecía que estuviera bien. Mi lenguaje son los cuentos. No veo correcto explicarlo de otra manera. Pero llevo casi dos horas aquí preguntándome por la libertad y hasta que punto es el conocimiento el que nos da la libertad. La conciencia de que somos libres. Y en vez de "rayarme más" pues, he escrito este cuento.

^_^ Y ahora voy a ver si me pongo en marcha.
¡¡Venga, que es sábado!!
Saludos!
Nelly. 

2 comentarios:

tonyfired dijo...

hola ¿cómo estás?

Nelly dijo...

Muy bien, Tony. Bienvenido a este blog de cuentos y vida.

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